TEXAS FLOOD
DALLAS (TEXAS)
Miércoles 28/04/2010
“Me siento en casa en América”. Ésta es una de las frases de Bunbury que más engancha al público americano. Lógico.
Es una frase de El Extranjero (Bunbury-Copi), del disco Pequeño (Chrysalis / 1999).
Pues bien, así es como nos sentimos todos a estas alturas del partido.
Ya hemos cruzado la línea que separa al turista del viajero. Al ciudadano del extranjero.
Anoche nos despedimos de Houston con pena y alegría. Hace un año, más o menos, estuvimos en un hotel cercano al House of Blues, donde ayer dimos un concierto vitamínico y poderoso, y esa primera vez no me gustó mucho la ciudad. Igual fue porque veníamos de New York y Chicago y me encontré con una ciudad industrial, lenta y árida. No encajó bien con la excitante visión que tenía de USA.
Esta vez ha sido diferente. Evidentemente estaba equivocado.
La primera cama. A media tarde del domingo 25 de abril paramos en un Super 8, un motel a unos 10 minutos por carretera del downtown, nuestra primera cama de verdad. Cada uno tuvo una media hora para organizar su habitación y darse una ducha antes de acudir a la cita con Enrique y Jose, que tenían un plan gamberro.
El primero de la gira.
El Continental es un garito de rock & roll ubicado en la frontera entre el peligro y la desidia, que conocimos el año pasado. Aquel día entramos y nos quedamos paralizados ante la escena: una banda de psycho-billy con una chica a la batería, un tipo con un muñón en el brazo derecho tocando el contrabajo, y una especie de malote metiéndole leña a la guitarra, todo a un volumen y ritmo trepidantes.
El público, ya te puedes imaginar, pin-ups y rockeros de corte moderno. Y lo mejor, una terraza enorme fuera con un luminoso casero donde rezaba: ELVIS. Se lió.
Caderas sucias. Esta vez nos hemos encontrado a una banda de funk, pero de ese funk que se basa más en el jazz alocado que en el sucio movimiento de caderas. Una auténtica hez de vacuno pinchada en un jodido palo, eso es lo que me pareció esta banda.
Además, ni tuvieron el detalle de adecentarse antes de subir a un escenario. El guitarra, que era el mejor vestido, llevaba unas bermudas infames a juego con una gorra aún más infame. Un disparate. Así que el plan se tornó en improvisación.
Adentrando en lo desconocido. Justo entonces Mena y Andrés se acordaron de un bar en el que estuvieron el año anterior. Se llama The Flying Saucer [El Platillo Volante] y puede que realmente sea eso: dentro ocurren cosas extrañas, y en sus paredes cuelgan platos con nombres de desconocidos. Tienen unas 200 cervezas diferentes y una historia muy particular: puedes hacerte socio del bar, entonces te dan un carnet, y con él vas fichando cada birra que te bebes, con un máximo computado de tres al día.
Cuando te has bebido los 200 tipos de birras te hacen un plato con tu nombre y te lo cuelgan. Allí había colgados varios platos con el mismo nombre...
El impacto es Houston. Hasta hace pocos años, Houston estaba casi desierta, presa de un pánico general ante los continuos disturbios de carácter racial. Negros y blancos muertos al fin y al cabo.
Algo que me impactó mucho de la ciudad fue ver edificios conectados entre ellos por pasajes aéreos; la gente no se atrevía a pisar la calle y se las ingenió por aire. Hoy día eso queda en el olvido, y en el centro reina la tranquilidad y el breve ajetreo que da el negocio del petróleo y el ganado.
Las cosas han cambiado en Houston. Esto ya no es lo que era.
Las dinámicas del show. El show fue otra prueba más de que esta máquina está perfectamente engrasada. Seguimos retocando el repertorio. El de hoy estaba lleno de altibajos y tiempos medios. Además, cometimos el error de poner juntas varias canciones potentes, con la intención de ir caldeando el ambiente, y nos olvidamos de la dinámica del show.
Pero auguro que dentro de pocos días daremos con un par de repertorios infalibles.
Kennedy sigue vivo. Sobre las 2.00 de la madrugada nos montamos en el bus y arrancamos destino allas.
A eso de las 9.00 de la mañana he abierto los ojos, he mirado por la ventana y estaba a escasos metros del punto exacto de donde, el 22 de noviembre de 1963, algunos hombres malos asesinaron a Kennedy. Un escalofrío recorre mi cuerpo al ver la famosa ventana.
Elton, Mick y Bon Jovi. Desayuno americano y visita a una tienda country, pero country, country. Nada más entrar nos da la mano un auténtico tejano con sombrero y botas con espuelas, y nos dice: “Hi, guys! I'm Bruce, the owner of the shop, right? Whatever you want, just let me know, right? I made boots for Elton John, Mick Jagger and Bon Jovi, right?”.
En Texas damos el cante a tope con nuestras pintas. Definitivamente somos una banda de rock.
Me despisto con el jaleo del salón. Acaba de empezar el partido entre el Barça y el Inter, y abundan los culés.
Al final va a ser cierto eso que dice Enrique: “Me siento en casa en América”.

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